sábado, 22 de marzo de 2014

Ramón Lozano: El padre Amaro del siglo XIX



Por: Francisco Ramos Aguirre

A fines de esa centuria, el sacerdote protagonizó una escandalosa relación en Santa Bárbara, hoy cabecera de Ocampo; a viento y marea defendió su amor terrenal y abrió la puerta a otros curas que cedieron a esa tentación

Desde sus orígenes coloniales, Tamaulipas se distinguió como un territorio renuente a la evangelización de los frailes católicos. Esta percepción de estado laico, se reflejó en el siglo XIX y parte del XX. En 1910, durante un recorrido por las principales poblaciones de la entidad, el viajero italiano Adolfo Dollero, percibió entre otras cosas, la postura anticlerical de sus habitantes y escribió en su diario: “Hemos podido observar que en Tamaulipas no hay ese fanatismo religioso que domina en otros estados de la República. El pueblo tamaulipeco es bueno, pero no tolera yugos ni vejaciones.”
Al proclamar Benito Juárez las Leyes de Reforma, algunos sacerdotes, adoptaron conductas radicales respecto a su manera de pensar. Por su trascendencia internacional, el caso más sonado fue el del presbítero Ramón Lozano, encargado de la parroquia de Santa Bárbara, actual cabecera municipal de Ocampo, donde se ganó el aprecio y confianza de los feligreses que acudían a escuchar sus sermones. 
La primera referencia sobre su estancia en este sitio, se remonta a 1853, como fundador de una escuela parroquial, donde impartía gratuitamente la cátedra de gramática latina a los niños pobres de la población. Tenía una enorme autoridad, no sólo en Santa Bárbara, sino también en Nuevo Morelos, Tula, Villa Quintero y Magizcatzin. Gracias a sus buenos oficios, logró establecer vínculos con las élites políticas y económicas de aquella época.
Santa Bárbara era una población ubicada en un punto geográfico estratégico. Paso obligado de viajeros, comerciantes, autoridades, arrieros y caravanas que se trasladaban entre Tampico y la capital del país. En 1823, el famoso embajador norteamericano Joel Poinsett, la describe como un sitio rodeado de vegetación exótica y abundantes árboles verdosos. Las mujeres ricas y republicanas, se congratulaban con la independencia porque gracias a ella: “Ahora que ya no nos gobiernan los gachupines, nos llegarán bonitas telas a precios baratos.”
Refundido en aquél vergel enclavado en la Sierra Madre Oriental y difícil acceso; fascinado por las bellezas femeninas de Santa Bárbara, el cura Lozano cometió la barbaridad de enamorarse de una doncella, quien le hizo perder no sólo la cabeza, sino también los votos de castidad y obediencia. Se  llamaba Cesaria Quintero, perteneciente a una familia de abolengo. Como se dice en la actualidad, don Ramón la eligió de pareja sentimental y vivieron un indiscreto romance hasta que la muerte los separó. Todo el pueblo sabía de sus amoríos, menos las autoridades eclesiásticas, o al menos se hacían de la vista gorda.
Desde 1854, Lozano empezó a mostrarse rebelde ante la jerarquía católica, participando con otros curas en reuniones donde trataban temas reformistas para su iglesia. Por ello, cuando se promulgó la Constitución de 1857, no dudó en simpatizar con ese proyecto liberal y acudió a la protección de las Leyes de Reforma. Sin titubeos, fuera de simulaciones y doble moral, determinó provocar un escándalo, capaz de rebasar los límites de Tamaulipas.
El 9 de enero 1861, envió al Congreso del Estado un documento solicitando el reconocimiento ciudadano de sus hijos “naturales”: “El presbítero Ramón Lozano, cura propio de Santa Bárbara, ante V.H. con profundo respeto comparezco que tengo un niño, hijo mío de cuatro a cinco años de edad, llamado Ramón. Otro de tres a cuatro, llamado Pedro; y una niña de once meses llamada Cesaria, cuya madre es doña Cesaria Quintero, de quien han tomado el apellido y llamádose hijos naturales; que los quiero como a nadie sobre la tierra, y aspiro a su bienestar, educación y felicidad como el mejor de los padres, deseando por lo mismo tengan los goces y beneficios que la ley concede a los hijos legítimos. Y sin que esto no podrá ser, sin que intervenga en ello la Soberanía del Estado.” 
Esto, desde luego motivó una gran polémica entre los diputados, motivo por el cual corrieron ríos de tinta en los periódicos locales y nacionales. Por su parte la iglesia católica, en la voz del obispo de Linares, Francisco de Paula Verea y González, satanizó su actitud desde el púlpito. En abril de ese año publicó una carta pastoral, cuestionando la actitud del párroco y desaprobando los sacramentos que impartiera. Además amenazó con excomulgarlo por haber legitimado a sus hijos. Se refiere a él con calificativos agravantes: “Párroco Desgraciado”, “Desdichado”, “Su corazón será devorado por los más atroces remordimientos” y “abominable”.
Lozano defendió su proceder enviando una carta aclaratoria con mucha salva al periódico: Rifle de Tamaulipas. Pone de ejemplo la conducta de otros sacerdotes pertenecientes a la misma parroquia de Santa Bárbara: “Todos mis antecesores…fueron tan frágiles como yo: los más virtuosos y modestos tuvieron hijos que aún viven en la miseria, por no haber cumplido sus padres con los deberes de la naturaleza.” Argumenta que la Mitra de Monterrey, en lugar de sancionarlos, los premiaba asignándoles mejores lugares para propagar la fe.
La principal causa de la ruptura entre Lozano y la jerarquía eclesiástica no fueron las pasiones carnales ni su ideología liberal. La gota derramadora del vaso de agua fue la convocatoria a los feligreses de Santa Bárbara y Nuevo Morelos, exhortándolos a fundar una nueva organización religiosa, independiente de Roma. Así surgió La Iglesia Católica, Apostólica, Mexicana de Santa Bárbara, la cual no se desligaba de la fe católica, pero en cambio apoyaba la libertad de conciencia y las Leyes de Reforma. Acepta la autoridad  del obispo de Linares, siempre y cuando se someta a los lineamientos de la nueva institución. Mientras tanto, la cabeza y pontífice, sería en mismo Lozano. 
La nómina de pobladores quienes apoyaron dicho proyecto era numerosa. Estaba conformada principalmente por varones, animados por la euforia de una iglesia reformista amparada en el estado mexicano. Ante esta situación el presbítero se vio obligado a separarse  de sus funciones parroquiales y fue sustituido por el padre Antonio Aranda. Lozano determinó dedicarse a la política, y en 1871 lo encontramos desempeñándose como diputado local. Incluso, desde su curul promovió el matrimonio civil entre algunas parejas que vivían en amasiato. Sin embargo, la llegada de Porfirio Díaz al poder esa misma década, habría de truncar sus aspiraciones.
El cura rebelde decidió retirarse a la vida privada y familiar en Gómez Farías. Calificado como una persona de gran capacidad e instrucción, su influencia regional continuó vigente entre los pobladores. En 1874 el señor Félix Balderas acudió a la Hacienda del Tigre, probablemente propiedad de Lozano, para exponerle un fenómeno sobrenatural relacionado con brujas, duendes, diablos y aparecidos en su rancho Allende, perteneciente a Nuevo Morelos. El cura les recomendó creer solamente en Dios Todopoderoso y turnó el asunto a un adivino en Villa de Quintero, encargado de finalizar el hechizo.  

En 1879 el misionero protestante Samuel A. Purdie, acudió a visitarlo en su casa del Rancho El Chinaco. La conversación se relacionó con asuntos religiosos. Hasta ese momento el controvertido cura continuaba en el llamado Vergel de Tamaulipas. Ignoramos si se trasladó hacia otro sitio de la República Mexicana, su fallecimiento y el futuro de su descendencia. Lozano es un personaje sujeto de la historia del catolicismo en México y las rupturas a lo largo del tiempo. 

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