viernes, 18 de septiembre de 2015

Andanzas por la Huasteca tamaulipeca: Tampemol-Baltazar-Antiguo Morelos



25 agosto, 2015

Tengo ya casi una hora de estar hablando ante un selecto y nutrido público de parroquianos de Antiguo Morelos, cuando de repente suena con un tono grave un solo campanazo, desde la cercana torre de la parroquia de San José; se hace una pausa y nuevamente suena otra vez la campana. En ese momento uno de los asistentes me pregunta que si tengo idea de lo que aquél sonido significa, y tuve que confesar con franqueza que lo ignoraba. Resulta que es el modo en que los lugareños anuncian que alguien ha fallecido apenas unos momentos atrás. Es una costumbre ancestral del anuncio de la muerte que aún se conserva en esta pequeña comunidad tamaulipeca, ante lo que todos guardan respeto y hace recordar que alguna vez esa campana sonará por nosotros mismos, haciendo desaparecer en un solo acto actitudes humildes o de arrogancia, las que suelen caracterizar a la naturaleza humana, predominando generalmente esta última.

Luego de este episodio mi charla continuó sin que el público se impacientara. Mientras, afuera el bochorno de un calor por encima de los 40 grados centígrados (el evento había comenzado, ¡a las cuatro de la tarde!), dejó pasó a una tormenta que parecía que el cielo se caía encima. Finalmente la lluvia cesó e imperó el fresco, y tras tres horas y media de continua narrativa, di por concluida mi intervención, sin que uno solo de los asistentes hubiese abandonado su lugar, y que en varias ocasiones me pidieron extenderme en algunos de los temas abordados. En esencia la temática de mi presentación tuvo que ver con una de las áreas de mi interés profesional, como lo es el conocimiento de la historia y la cultura regional de Tamaulipas, que en esta ocasión fue para dar un panorama sobre esta parte del territorio de la entidad, enclavado en lo que llamamos la Huasteca. Y vaya que temas había muchos de los cuales echar mano, como también es sorprendente constatar el interés de la gente por escuchar y conocer acerca del pasado de su terruño y de las tareas por hacer para que ese legado siga presente y aun trascienda hacia el futuro, como es prueba tangible la inquietud que predomina en la comunidad de Antiguo Morelos.

De entrada la geografía se impone. Ya que este municipio en un extenso valle flanqueado por sendas cordilleras de la Sierra Madre Oriental: la sierra de Tanchipa o de Cucharas y la sierra de Tamalabe, Nicolás Pérez o Tanchahuil; escenario colindante con uno de los núcleos montañosos donde ocurrió uno de los procesos de la génesis agrícola en el México antiguo y por tanto de la cimentación originaria de la cultura mesoamericana. Más tarde, tanto en este valle como en la colindante llanura del río Mante como en el valle paralelo de Mesillas (Nuevo Morelos), arraigarían los pueblos de lengua mayense, de la rama teenek, conocidos como los huastecos, cuya presencia ha sobrevivido hasta nuestros días en los vecinos estados de San Luis Potosí, Hidalgo y Veracruz. Aquí en el sur de Tamaulipas la irrupción de la guerra chichimeca entre los siglos XV y XVII hizo que los pueblos huastecos septentrionales se colapsaran y más tarde, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la región fuera ocupada principalmente con población mestiza. Tampemol se llamó el pueblo huasteco que identifica a Antiguo Morelos, aunque en realidad hubo varias aldeas huastecas en distintos puntos del valle. Y, como suele suceder, una habilitación ganadera del sitio donde se encontraba este asentamiento, fue barrido hace años por maquinaria pesada para nivelar el terreno. Caso contrario al sitio donde se encontraban los pueblos de Tantchin o Camalauche (Mesillas/Nuevo Morelos), que ya en tiempos modernos se identificó con la nomenclatura de Vista hermosa, donde en la década de 1970 Guy y Claudé Stresser Péan realizaron una valiosa excavación arqueológica que reportó excelentes resultados, así como la recuperación de varias piezas de extraordinaria belleza, algunas de las cuales se exhiben hoy en la sala del Golfo de México del Museo Nacional de Antropología; aunque destruido más tarde por buscadores de “tesoros”.

Durante el siglo XVII, la frontera novohispana configuró en esta región un par de grandes propiedades, cuya presencia se prolongó hasta entrado el siglo XX; de esa extensión temporal son los procesos históricos y así hay que estudiarlos, desde la óptica de la metodología del quehacer histórico, al momento de relacionarlos con los acontecimientos de la configuración regional a detalle. Una de ellas fueron los Sitios de la Huasteca/San Juan Evangelista del Mezquite, al oriente de la sierra de Tanchipa, y la otra, al occidente de esta sierra, la hacienda de San Ignacio del Buey. En el primer caso, luego de pertenecer a varios propietarios, acabó siendo de Manuel Rojo y Veyra, arzobispo de Manila, quien cedió a José de Escandón la región del Mante, para la dotación de tierras a los colonos de la ciudad de Horcasitas en 1762 (Magiscatzin/González), quienes cruzaron el Abra de Tanchipa, donde se configuró la comunidad de Baltazar, desde 1765. El problema fue que esas tierras eran del latifundio del Buey, perteneciente al fondo piadoso de Californias, por lo que sus vecinos debían pagarle renta. No obstante, en 1816 el gobernador Juan de Echeandía, en base al padrón hecho por el coronel Juan Quintero, sugirió al comandante Joaquín de Arredondo la formalización de una villa, que de facto se estableció en 1821, y de jure en 1828, por decreto del congreso del estado, permutando su nombre al de villa de Morelos. Y aunque el 1830 el Gobierno de Tamaulipas les dotó de un fundo legal, debió negociarse formalmente hasta 1842, con el acuerdo de la hacienda de San Ignacio del Buey, que cedió una legua en cuadro para esta población, por parte del nuevo propietario de la hacienda, Felipe Neri del Berrio, quien traspasaría poco más tarde la propiedad a Domingo Rascón.

Y como la gente siempre busca mejorías, la escasez de agua en Morelos hizo que muchos de sus vecinos cruzaran la sierra de Tanchaguil y solicitaran en 1861 reubicar los poderes municipales en la congregación de Mesillas (Nuevo Morelos), a lo que convino el gobernador Juan José de la Garza. Y aunque apenas se había disipado la Guerra de Reforma, con la separación de la iglesia del estado, el punto de resistencia a esta permuta por parte de unos vecinos disidentes, fue que se quisieron llevar las campanas de la modesta iglesia de San José. Entonces ardió Troya, y no hubo más remedio que crear dos Morelos, con sendas cabeceras municipales: el Antiguo y el Nuevo. En seguida ambas comunidades vivieron la experiencia de la guerra patriótica contra la intervención francesa, y al encontrarse sobre el eje comercial entre Tampico y San Luis Potosí, en la década de 1870 cruzó por ambas villas un camino carretero hacia San Luis Potosí.

Ya en el siglo XX, durante la reconstrucción posrevolucionaria ambos Morelos sufrieron las consecuencias de una guerra civil inconclusa, al ser presa de la guerrilla carrerista y cedillista, que obligó a sus habitantes a abandonar sus pueblos en 1918. La repoblación comenzaría paulatinamente dos años más tarde. Otro episodio relevante fue el auge que se experimentó aquí en las décadas de 1930 a 1960, como resultado del paso de la Carretera Panamericana y la carretera Tampico-Barra de Navidad. Ligada su economía a la agricultura, ambos municipios disfrutaron del auge cañero y tomatero, pero hoy en día esta actividad está francamente en picada, por el abandono que han hecho del campo los gobiernos nacionales, entregados a la dinámica del neoliberalismo. Algo paradójico, por la excelente calidad de las tierras de que se dispone en esta región y el interés de su gente en tener oportunidades de trabajo, como lo demuestran plenamente los artesanos de congregación Fortines, que elaboran verdaderas joyas de un arte utilitario de gran valía para los hogares, como son sillas, sillones y toda clase de objetos similares.

En esta andanza en la Huasteca tuve otra grata experiencia, como fue palpar el ánimo de su gente ante la realidad que vivimos todos los mexicanos, que a pesar de todo, es esperanzador. El inicio de la reorganización del archivo histórico municipal fue otro gran estímulo para volver a seguir recorriendo las regiones de nuestro estado. Y, sobre todo, el rescate del poste limítrofe de la congregación de Fortines, labrado en un madero de mezquite en 1895, que habrá de formar parte del museo local de Antiguo Morelos, “Policarpo Castillo Almanza”, construido y animado con puro esfuerzo local, felicidades.

ocherrera@uat.edu.mx

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